Aquí había una silueta de la comunidad andaluza

MEMORIAS  EMBARULLADAS DE UN BUEN NÚMERO DE VISITAS AL EXTREMO SUR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA (Granada y Sevilla)

Pues con este post se inicia una nueva serie de publicaciones, que he hallado oportuno reunir bajo la categoría de “Memorándums”. En esta sección os hablaré de los viajes que hice antes de tomar conciencia como viajero, de los cuales guardo un recuerdo más bien vago. En aquellos tiempos lejanos y rudos yo hacía pocas fotos y malas, y por descontado no escribía diarios ni cosas parecidas que me ayudasen a fijar vivencias ni a conservarlas de cara a la posteridad. Por lo tanto, no esperéis nada demasiado preciso: poca cosa más que humo sobre mis lagunas; divagaciones que intentan salvar del olvido unos cuantos recuerdos erráticos difuminados por el paso de los años y el castigo continuado de las neuronas.

Bueno, empecemos desde el principio, que como no sabría muy bien dónde situarlo lo colocaré arbitráriamente en territorio andaluz.

Mi primera visita a Andalucía fue un poquito extraña, por no calificarla directamente de surrealista. Se terminaba el año 2004, y también mi relación de pareja del momento. Comenzaba el año 2005, uno de mis años estrella (¡qué verano de locos!). Y en medio de todo, en plena transición interanual, surgía una propuesta de última hora para pasar el Fin de Año: viaje relámpago a Granada con un buen amigo mío, Dani Pizarro… y de rebote la oportunidad única de conocer a un ser inusual: Carmen de Mairena.

Aquí había una foto imponente de Carmen de MairenaResulta que Dani, en aquella época, trabajaba en una agencia que se dedicaba a representar personajes de la farándula. Su labor consistía, básicamente, en acompañar a algunos de los sujetos más prominentes del star system de la España de boina y pandereta del momento (concursantes de Gran Hermano y Operación Triunfo; friquis televisivos; ex-tertulianos de Crónicas Marcianas; hijos, hermanos y primos de famoso…) por las pachangas y discotecas de pueblo que habían contratado sus servicios. Y por lo que parece, los gerentes de una tal Dulce Beach de Granada habían pensado que una actuación de la gran diva travestida del cuplé era justamente lo que necesitaban sus clientes.

Dicho y hecho. No dispuse de demasiado tiempo para pensármelo, y la promesa injusta y sin fundamento de que las andaluzas eran muy facilonas me acabó de convencer (que nadie se escandalice por mi herejía, que por aquellos entonces todavía no había descubierto los caminos sutiles del no-querer y la renuncia al deseo). Me compré un vuelo pagando un precio exagerado, hice malabarismos para cambiarme los horarios del curro, y bajé desde Girona a 200km/h hasta el aeropuerto del Prat, donde me esperaban mi amigo Dani y la Mairena. A partir de aquí todo fue un show, como os podréis imaginar, desde la primera conversación Mairena-taxista, acabados de llegar al aeropuerto de Granada, hasta la última comida en el hotel, un plácido domingo junto a un montón de familias respetables que tuvieron que taparle los ojos y los oídos a sus niños.

En esta ocasión, sin embargo, en realidad no tuve la oportunidad de conocer Granada. Poca cosa más que el aeropuerto, las llanuras semidesérticas que rodean la ciudad, el hotel, la discoteca y la estación de autobuses. Pero valió la pena, aunque fuera sólo para ver a Carmen de Mairena sin peluca, o comiendo con esos labios que tiene, disparando migas de pan en todas direcciones sentada a la mesa del restaurante del hotel. Y de hecho nos lo pasamos bien, aunque las andaluzas no nos mostrasen su supuesta accesibilidad en aquella ocasión. En la discoteca los cubatas de Jack Daniel’s eran gratis, y a pesar de que la música y todo lo demás fuera una mierda pinchada en un palo, pues el conjunto quedó bastante disimulado, gracias a las propiedades maravillosas de las bebidas etílicas, que transforman cualquier agujero menospreciable en el mejor lugar del mundo. En el hotel nos reímos mucho con la Mairena y el marica de pelo blanco que le acompañaba, que estaba a disgusto con todo y siempre se estaba quejando. Se hacía llamar “la Pastis”, y este solo hecho ya le situaba directamente en el terreno de la comicidad. Muy al contrario, Carmen de Mairena, resultó ser una persona de lo más sencilla y afable, y llegué a encontrar entrañable el hecho de escuchar su voz de camionero retumbando por los pasillos del hotel. La mejor anécdota, no obstante, se produjo durante una de las comidas, cuando Dani le comentó que yo me dedicaba a escribir, y a la Mairena no se le ocurrió otra cosa que proponerme que le escribiese un guión para una película “porno”. El solo pensamiento provocó que me atragantase y apartara el plato de comida de mi vista, invadido por una náusea repentina, casi regurgitando. Por fortuna, y gracias a todos los astros, al final la idea no prosperó.

Y así fue como, entre una cosa y otra, el domingo por la tarde acabó llegando, y con él el momento de volver hacia Barcelona: yo en bus, que soy pobre; todos los demás en avión, como privilegiados. Me esperaban unas 14 horas de viaje en solitario por delante, y para pasar el rato sólo tenía el paisaje, y las frases y pareados de la Mairena, que no me podía quitar de la cabeza…

“Tú trabajas en Correos, ¿no? Porque vaya paquete que me traes…”

“¡Yo soy puta, pero mi coño lo disfruta!”

En fin… pura poesía en estado natural. Como todo él… o ella. O lo que demonios sea.

Aquí había una panorámica de las llanuras granadinas

Después de esta fugaz visita a Granada, aquel año, sin embargo, aún tuve más Andalucía, y en verano volé a Sevilla para visitar a mi amigo Carrascal, que desafortunadamente ya no está entre nosotros (requiescat in pace). Él se había trasladado allá abajo buscando mejores oportunidades, y se había comprado una casa en una urbanización del extrarradio, que todavía estaba en construcción. Mientras tanto, se alojaba en casa de sus padres, en otra urbanización de las afueras. Ahora mismo no me acuerdo del nombre concreto de los pueblos, pero tampoco es que la cosa revista más importancia; no tenían nada de especial. Lo que sí es importante es la impresión que me dejaron de Andalucía, y que luego se confirmó en visitas posteriores: la estaban echando a perder con la mierda de la fiebre constructora. Por todos lados aparecían urbanizaciones en medio de la nada, y muy feas, en el sentido que nadie parecía haberse preocupado por integrarlas con el paisaje, sino que todas seguían más bien estructuras prefabricadas, y se habían concebido siguiendo el modelo de desarrollo americano: unidades de población aisladas y casi fortificadas, sin ninguna relación con su entorno.

Hui espantado de aquella locura urbanística enseguida que pude, y busqué refugio en la ciudad, que paradójicamente me resultó más amable. Me aproximé a ella un día de sol ardiente conduciendo a lo largo de la orilla del Guadalquivir, con castañuelas en la radio y el estadio del Betis de trasfondo, entre altas palmeras. Me perdí, evidentemente, y pasé un buen rato dando tumbos sin tener demasiada idea de adónde iba, hasta que de golpe y porrazo me encontré delante de la Plaza de España maniobrando en medio de un denso tráfico de carruajes, cargados de guirnaldas y tirados por caballos. Y eso me hizo saber que por fin había llegado al corazón de Sevilla.

Por lo que yo tenía entendido, la Plaza de España era uno de los puntos ineludibles que se debían visitar, así que aparqué el coche de mi amigo por los alrededores. Me lo había cedido con toda la buena intención del mundo, para que dispusiera de mobilidad mientras él trabajaba, y no quería devolvérselo con ninguna marca ni rayada, de manera que me resigné a darle unas monedas al individuo que me “asistió” para aparcar, haciéndome señas para mostrarme un lugar libre, que yo mismo ya había advertido con anterioridad. En esta ocasión me pareció lo más prudente, esto de pagar por un servicio inexistente que alguien se saca de la manga. Y es que no quería discutir con las normas no escritas de la picaresca, porque sabía que tenía todos los números para perder. Así pues, sin darle más vueltas, me tragué el orgullo y pasé por el tubo, y a continuación me fui para la plaza, entremezclado entre un rebaño de “guiris” que tomaban fotos a diestro y siniestro.

La verdad es que la plaza es bonita, está bastante bien. Y gana un atractivo freak añadido con el hecho de que en ella se hayan rodado escenas de la segunda trilogía de Star Wars (palacio de la reina Padmé Amidala, en el planeta Naboo). Se trata de un gran espacio semicircular, con un palacio al fondo y una gran arcada que se prolonga a lado y lado, abarcando todo el perímetro de la plaza. En el medio tiene una fuente mágica, de ésas que disparan chorros de agua hacia arriba, y también hay un canal que la atraviesa, aunque cuando yo estuve iba seco del todo (la famosa sequía andaluza y sus racionamientos, supongo). Lo que más me despertó la curiosidad, a pesar de todo, fueron los mosaicos que hay repartidos a lo largo de toda la arcada, representando escenas del descubrimiento de las Américas y de las diversas regiones españolas. Hay un mosaico con una escena típica y representativa de cada provincia, y siempre hace gracia buscar la propia para verse reflejado en ella. O a lo mejor no…

      Aquí había una foto de la plaza de España de Sevilla      Aquí había una foto de un detalle de mosaico en la Plaza de España      Aquí había una foto de la plaza de España de Sevilla

Cuando finalmente me hube cansado de la plaza, di media vuelta para fijar nuevos rumbos, y opté por adentrarme en las callejuelas del centro histórico. Pasé al lado de la Giralda, paseando sin prisas, pero la verdad es que por mucha fama que tenga el campanario este a mí no me dijo gran cosa, así que no le hice demasiado caso. Quizás por eso, por haber cometido esta ofensa gravísima contra el espíritu y el alma milenaria de la ciudad, fue que después una gitana me timó, arrancándome unos euros por unas ramitas de romero y unas bendiciones. Yo no es que crea en estas tonterías, sobre todo si se las ve venir de lejos, aderezadas con esa envoltura comercial tan patente dirigida a la caza del turista, pero es que en un segundo de lucidez me imaginé a toda la familia de la gitana esperándome detrás de una esquina, a punto para convencerme de que era mejor pagar. Así que lo hice, dejándome engañar como un “pringao”. A pesar de todo, el paseo por el centro histórico de Sevilla es siempre recomendable: las calles están bien cuidadas, van llenas de gente, y acogen un buen número de tiendas de las mejores marcas. Además, todas las calles sin excepción están cubiertas por amplios toldos que se extienden de azotea a azotea, y la sombra que eso proporciona ayuda bastante a continuar la marcha.

Por alguna extraña razón siempre tengo la manía que no he visto una ciudad si no me la he recorrido a pie de arriba abajo, y es por eso que a menudo acabo en los barrios más sórdidos, o perdido en lugares alejados. No fue el caso esta vez, exactamente, porque el río Guadalquivir pasa por el medio de la ciudad y no se puede decir que sea un lugar demasiado inhóspito, pero sí es verdad que llegué a su orilla deambulando como un perro extraviado, impulsado por un fenómeno inusual: el resto de la ciudad se había quedado vacía, sin gente ni actividad. Tal vez fuera debido a que eran las tres de la tarde, y caía un sol de justícia que quemaba la piel, pero a mi eso no me importó demasiado, la verdad. Me parecía mucho más insoportable el calor bochornoso de Barcelona; mucho más que aquel calor seco que planeaba en el ambiente. Así que, sin tener nada mejor que hacer, me recorrí toda la orilla, desde un barrio apartado hasta el centro, caminando solo como un loco expuesto a los rayos mortales del sol. Al final de todo me esperaba la famosa Torre del Oro, refulgente, como si de una auténtica meta salvadora se tratara; un oasis tras una travesía por el desierto. Y es que no encontré ni un alma por el camino, con la excepción de una pandilla de negros que hacían la siesta esparcidos sobre el césped. Debo puntualizar que, por mucho que lo pueda parecer, no estoy intentando describir aquí ningún escenario post-apocalíptico, sino la imagen verídica de una Andalucía estival, con un sol furibundo que lo arrasaba todo desde el cielo.

      Aquí había una foto tomada a orillas del Guadalquivir      Aquí había una foto de la Torre del Oro      Aquí había una foto tomada a orillas del Guadalquivir, con vistas a la Isla de la Cartuja

Al atardecer me reuní con mi amigo Carrascal, que ya había salido de trabajar, y nos fuimos a cenar algo por el barrio de la Macarena, si no me equivoco, cerca de la Alameda de Hércules. Es una zona de callejones estrechos, antiguos, donde suele juntarse la juventud de talante más alternativo por la noche: okupas, punkarras, estudiantes universitarios con camisetas del Che Guevara o de Soziedad Alkoholika… todos engullendo cerveza y fumando porros en mitad de la calle. Entramos en un bar de tapas y nos metimos un bocata y unos tintos, y luego nos fuimos para otro lado, porque por aquellos tiempos a ninguno de los dos nos apetecía perder el tiempo flirteando con pavas que llevaban un lado de la cabeza rapado y el otro no.

La alternativa, sin embargo, no resultó mucho mejor en el sentido del ligoteo. De repente, Carrascal recordó que había un lugar de moda en la ciudad para tomar una copa, y me llevó a un parque, que si no me falla la memoria quedaba cerca de la Plaza de España. Allí habían montado una especie de lounge chill-out, al estilo de los chiringuitos más in de las playas de Barcelona o Ibiza, con cojines y colchones lujosos para apalancarse y perder el sentido, tomándose un whisky tras otro. El efecto, a pesar de todo, no era el mismo, porque faltaba la playa, y no era lo mismo pasar el rato de frente a un “pipi-can” que tener la posibilidad de enviar la vista enturbiada por el alcohol a perderse más allá de las olas. Por lo que se refiere a la gente, estaba a rebosar de “señoritos” (“pijos” sevillanos), y había bastantes tías buenas paseándose ante nuestras miradas. En cualquier caso, el resultado fue idéntico, porque si antes habíamos rechazado a las hembras con media cabeza rapada como posibles objetos sexuales, ahora los rechazados éramos nosotros, que de improviso nos habíamos convertido en el último escalón de la jerarquía social. Bien, ya lo veis… este es el tipo de decepciones que nos brinda el deseo…

Tras estar un rato allí, aceptando finalmente que ya no había nada más que hacer, nos dirigimos hacia el recinto ferial de la Isla de la Cartuja, donde se había celebrado la Expo’92. Ahora allí había un estadio, y también se había aprovechado la infraestructura existente para concentrar la oferta de entretenimiento nocturno. Entretenidos, precisamente, lo estaban un rato los diversos grupos de jóvenes que pululaban por los alrededores, que por lo que pude comprobar tenían por tradición y costumbre aparcar los coches en medio de la calle, abrir las puertas con la música a toda hostia, y ponerse a beber hasta caer en la inconsciencia. Con la connivencia de la policía, según pude ver, porque me llamó la atención un caso particular, en el que una patrulla de la policía local se aproximó a un grupillo que estaba de fiesta, montando un escándalo insoportable con su maldito “reggaeton”. Habían dejado el suelo a sus pies repleto de mierda, y cuando ya pensaba que el señor agente los iba a identificar o multar o deportar, éste se limitó a decirles, con todo el salero y la gracia del mundo:

“¡Quisho, bajarme la múzica, joé, que la tenéis mu’arta…! Y haserme er favó de recogé una mijiña tó esto antes d’irsus pa la dijcoteca…”

Pensé automáticamente en el palo que me habrían metido a mí si la Guardia Urbana de Barcelona o los Mossos d’Esquadra me hubieran pillado haciendo lo mismo, y hui del lugar de puntillas, como si por el simple hecho de haberlo presenciado todo me hubiera convertido en cómplice de aquel acto incívico y cuasi-bárbaro. Después de eso nos metimos en un club que nos cobró la entrada a precio de oro, y nos pasamos la noche como dos pasmarotes cubata tras cubata, entre altivas jovenzuelas sevillanas que no nos hacían el menor caso. A la salida del sol, a pesar de todo, todavía nos quedaban fuerzas para continuar intentándolo, y medio dando vueltas al tuntún medio preguntando, llegamos a un “after” escondido en el fondo de una callejuela miserable. En aquel antro sólo había yonquis y tías acabadas muy pasadas de vueltas, así que no duramos mucho: aunque allí hubiera sido incluso fácil sacar tajada, la verdad es que no era algo para nada recomendable.

El día siguiente era domingo, y la resaca pesaba. Por fortuna nos esperaba un buen arroz en la mesa, con un montón de cangrejos de río que Carrascal había capturado mientras trabajaba (se dedicaba a ir por los sitios reparando infraestrucutra eléctrica). Por la tarde, fuerzas no había muchas, así que nos decidimos por un plan más bien tranquilito: paseo por el barrio de Triana, y después una “peli” en el cine. Triana es uno de los barrios más clásicos y famosos de Sevilla, y destaca por su urbanismo típico de calles estrechas y casas bajas y coloristas; por la oferta de flamenco y el renombre de sus tabernas y bodegas, donde se pueden degustar unas tapas exquisitas. Nosotros nos zampamos unas cuantas, sentados cómodamente a la vera del río, convenientemente regadas con sus correspondientes vasos de tinto, y luego nos dirigimos al ensanche de la ciudad, a un centro comercial que quedaba justo delante del estadio del Sevilla. Los cines estaban arriba del todo del centro, y recuerdo que había una especie de terraza o balconcillo adonde teóricamente se podía salir a tomar el aire y mirar las vistas. Digo teóricamente, porque mientras esperábamos para entrar en la sala se me ocurrió matar el rato intentando reconocer en la distancia los puntos más característicos que había aprendido de la fisonomía sevillana, pero fue tan sólo poner los pies fuera que enseguida se me lanzó encima la fachada horrible del Sanchez Pizjuán. Siento denunciarlo aquí, pero haciéndole honor a la verdad, debo decir que el estadio del Sevilla es un bodrio, y no me extraña nada que sus rivales ciudadanos, los béticos, les llamen “palanganas” a los seguidores sevillistas, porque realmente el aspecto de su estadio reproduce a la perfección las formas tan poco nobles de semejante utensilio.

      Aquí había una foto de un puente sobre el río Guadalquivir, en Triana      Aquí había una panorámica del barrio de Triana      Aquí había una foto de un puente sobre el río Guadalquivir, en Triana

Poco después de todo esto (y con alguna cosilla más que explicaré en una próxima publicación) llegó el momento de despedirse. Me esperaba lo que quedaba de verano en mi querido villorrio de Premià de Mar (y también en Ibiza, sí…), y mi amigo Carrascal me acompañó hasta el aeropuerto, donde nos esperamos a que saliera el avión tomándonos unos rones con cola.

Viajar desde Andalucía hasta Cataluña en avión, obviamente, no es ni mucho menos tan largo ni tan duro como hacerlo en tren o en autocar. Sea como sea, desde aquella primera y alocada visita mía a Andalucía, cada vez que voy o vuelvo de esas tierras no puedo evitar recordar a cierto personaje que me dejó su huella, y entonces me entretengo rememorando sus gracias y sus pareados, mientras los demás pasajeros escuchan música o leen la prensa.

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