MARRUECOS – DÍA 1

Aquí había una bandera de Marruecos

8 de diciembre de 2011:

La birra “Casablanca” no vale una puta mierda: esto es lo primero que se me pasa por la cabeza al probar ese brebaje infame y aguado, decidido a comenzar el relato de mi viaje por tierras marroquíes. Estoy sentado en una butaca, ante una mesita baja de madera, de forma redondeada y tallada con extrema habilidad por algún artesano moro que a buen seguro continúa haciendo su trabajo miserablemente retribuido en el anonimato de un taller pequeño y asfixiante.Aquí había una foto de una botella de "Casablanca"Aquí había una foto de mi diario sobre una mesa Empiezo a escribir, bajo la luz de dos lámparas como de sueño de las mil y una noches, muy bonitas y elaboradas, pero que no iluminan nada. Me sueno la nariz por enésima vez, y se me termina el papel de váter. Y es que he llegado a Marruecos con un resfriado de caballo; por suerte la habitación de mi riad (modalidad de alojamiento típica de Marruecos, con las les estancias organizadas alrededor de un patio central con una fuente en el medio – Riad Koutobia: 86, Rue Fatima Ezzahra Rmila, Marrakech Medina) es acogedora, y se encuentra situada justo en el centro de la medina (casco antiguo de las ciudades moriscas; rodeado de muralla, laberíntico y repleto de gente que te quiere vender cualquier cosa como sea), pero me ha costado un riñón. Intento olvidarlo entre sorbo y sorbo. A pesar de todo, esta maldita cerveza, o aborto de cerveza, ni sube a la cabeza ni tiene sabor alguno: cualquiera diría que no es más que meado de camello.

Aquí había una foto mía con la cerveza

Soy un “pringao”; según pasan las horas cada vez estoy más convencido de ello. Esta es la única explicación posible para la situación en la cual me encuentro: 1200 Dirhams (unidad monetaria marroquí; unos 120 Euros) gastados en un solo día, y una birra decepcionante como único consuelo (¿…pero que se podía esperar de una cerveza elaborada en un país musulmán???). El balance es decididamente penoso, poco menos que desolador: los cálculos presupuestarios del viaje ya se me han descuadrado el primer día, como quien no quiere la cosa, y ahora tendré que ponerme manos a la obra y apretarme el cinturón con tal de reajustar mis finanzas. ¡Pero qué cagada más grande!

Todo ha empezado muy pronto, recién aterrizado en el aeropuerto de Marrakech-Menara, con la intención (pensaba que innegociable) de no deshacerme de mis Dirhams si no era con cuentagotas. La cosa pintaba bien: al sacar la cabeza fuera del avión enseguida me he visto envuelto por la caricia de un clima bastante temperado, con el solecito asomándose entre nubes escasas. He mirado en derredor, me he puesto las gafas de aviador rompecorazones tipo “Top Gun” y he comenzado a caminar; con las manos en los bolsillos; el cuello alzado; los pantalones caídos y el paso chulesco a través de la pista hasta la terminal, con la convicción de que lo tenía todo bajo control absoluto.

Aquí había una foto del cartel de bienvenida al aeropuerto de Marrakech

Pero (¡oh, horror!) nada más lejos de la realidad: estaba a punto de cometer un error de principiante. Superado el control fronterizo de rigor y el trámite del cambio de moneda salgo de la terminal, y, después de echar una breve ojeada a izquierda y derecha, me dirijo hacia un autobús que veo esperando pacientemente en una esquina. Todavía no he llegado a dar dos pasos que uno de los taxistas que esperan a la salida me aborda para ofrecerme sus servicios (no… no… joder, ¿por qué? ¡Dejadme respirar un segundo antes de empezar a avasallarme!). Mi intención inicial es sacármelo de encima tan rápido como sea posible, pero en un instante fugaz de optimismo exacerbado, se me ocurre que no estará tan mal si empiezo a entrar en contacto con la fauna local, cuanto antes mejor. Dicho y hecho: acepto su propuesta para llevarme al corazón de la ciudad, pactada en 100 Dirhams, y me embarco en lo que acabará convirtiéndose en una sangría para mi bolsa cargada de flamantes billetes nuevos con la cara de un rey moro estampada encima. No es que no supiera nada antes de pisar este país, pero de todos modos estoy anonadado: me resulta increíble la habilidad que muestran estos marroquíes a la hora de apañárselas para sacar la pasta de debajo de las piedras.

Nos entendemos en francés con el taxista. Le digo que simplemente deseo que me lleve al centro de la ciudad, y él se escandaliza, preguntándome que si estoy loco, que adónde voy sin habitación reservada; explicándome no sé qué rollo sobre un festival del cine que se celebra durante todo el fin de semana, y que la ciudad estará a rebosar de visitantes y será difícil encontrar un sitio. Bueno, ahora sé que, como la gran mayoría de sus congéneres, este hombre poseía unas habilidades innatas para desempeñarse como comercial…

Continúo. El tipo me asegura que conoce un buen puñado de riads confortables, y yo empiezo a aflojar la bolsa de los duros en una imagen mental. La verdad es que no sé por qué me dejo llevar. Seguramente sea porque me siento maravillado; porque todavía estoy desconcertado por la llegada a un mundo tan cercano y al mismo tiempo tan lejano; porque en un abrir y cerrar de ojos me he visto empujado a años luz de la seguridad y la autoconfianza experimentadas mientras me paseaba por la pista de aterrizaje, tan sólo unas horas atrás. Sea por lo que sea me invade la sensación inequívoca de que mis movimientos son los de un capullo principiante (no hacía un viaje similar desde 2007, y la verdad es que en unas condiciones menos “hardcore”; me siento oxidado…).

En fin, que le digo a mi conductor que me acerque a la medina

Aquí había una imagen del tráfico marroquíAquí cada uno circula como quiere o mejor le parece. Bueno, más que circular habría que decir que más bien se esquivan, de manera que se me hace difícil comprender cómo no se la pegan más a menudo. Justo al entrar en la medina, ejecutando una maniobra tan irregular que incluso me parece exagerada para los estándares locales, un policía le pide a mi taxista que se detenga, y después de una breve discusión de igual a igual (en aquella modalidad de charla exaltada tan típica magrebí, que da la impresión que se tengan que partir la cara y al final nunca pasa nada), el taxista le entrega unos documentos al agente, que éste último no le devuelve. No me puedo hacer una idea de lo que ha sucedido, pero sea lo que sea que haya significado, a fin de cuentas me la suda: basta para que podamos proseguir nuestro camino.

Aquí había una foto de un callejón estrechísimoSi la conducción en Marruecos, a lo largo de amplias avenidas con buena visibilidad, ya parece una cosa suficientemente arriesgada, hacerlo por las callejuelas de la medina de Marrakech se revela como un auténtico ejercicio de malabarismo suicida. Da la impresión que todo el mundo tiene la prioridad, y ni coches ni motos ni bicis hacen el menor gesto para frenar a no ser que la colisión sea inminente. A los peatones las motos les pasan rozando a escasos centímetros, y no parecen respetar los aires territoriales soberanos, alrededor de los límites físicos de nuestra piel, que nos corresponden a cualquier ser humano de Occidente. La verdad es que se me hace complicado, en estos primeros compases, procesar un mundo tan diferente, aunque el simple hecho de verme enfrentado a semejante tarea ya me parezca suficientemente gratificante como para haber movido el culo lejos de casa.

Aquí había fotos de vida callejera marroquí            Aquí había fotos de vida callejera marroquí           Aquí había fotos de vida callejera marroquí

Después de aparcar el coche al lado de un montón de estiércol, el tipo me conduce por una serie de callejones minúsculos en penumbra, transitados por hombres sospechosos y mujeres huidizas. Llamamos a unas cuantas puertas anónimas, sin ningún rótulo ni indicio que apunte a la más mínima actividad turística, pero la búsqueda de habitación libre resulta infructuosa (el taxista-guía-timador insiste en que todo es culpa del festival; yo creo que todo el paseo ha sido más bien una pantomima). Al final me consigue un lugar en un riad bastante céntrico, justo en las cercanías de la famosa plaza Jemaa el-Fna (Patrimonio Mundial de la UNESCO) y la mezquita de la Koutoubia, la más importante de la ciudad. El precio de la habitación son 400DH por noche, y yo no quiero pagar tanto, pero me dejo engatusar, porque aún me siento sobrepasado por la magnitud de los hechos vividos (la ciudad tan diversa y desconocida, el choque cultural…) y todavía no tengo los reflejos en posición de combate. Así que digo que sí, que me quedo, que la habitación es perfecta y la pasta me sale por las orejas; que puedo gastar y gastar, y que estoy de vacaciones y me puedo permitir el lujo por un día…

Aquí había la imagen de una terracita acogedora               Aquí había una foto de un toldo colorista

Pero en Marruecos las cosas no son tan fáciles. La realidad es que nunca puedes estar seguro ni de cuándo acabarás de pagar ni de cuánto acabarás pagando; suerte que es un país relativamente barato. En este caso, el taxista me reclama 100DH más de lo que habíamos pactado inicialmente (lo que vendrían a ser los honorarios por su búsqueda de alojamiento), y yo, tal como si fuera una máquina expendedora de billetes le alcanzo la pasta sin replicar demasiado. Sé en el mismo momento que debería haber regateado, pero me siento terriblemente inhábil y sin capacidad de maniobra. “Muy bien chaval”, me felicito: “en un abrir y cerrar de ojos se te han escapado volando unos 60 euros; si sigues a este ritmo tal vez consigas quedarte sin un puto duro mañana mismo…”

Aquí había una imagen de mi primera habitación en MarruecosDecido encerrarme en la tranquilidad de mi habitación para reflexionar, reordenar lo que me ha pasado y ponerlo todo un poco en perspectiva. ¡Pero qué habilidosos son estos marroquíes! Eso es justamente lo que pienso, mientras me cago en la madre que los parió… Lo desempeñan tan bien el oficio de venderte la moto y buscarse la vida, lo llevan tan adentro de la sangre, que saben cómo hacerte sentir mal y como si estuvieras traicionando su amistad, si al final no les compras nada. Para ser justos debo decir, a pesar de todo, que en ningún momento me parecen mala gente: son insistentes, sí, son muy pesados, también, pero cuando dices que NO normalmente lo aceptan buenamente, sin rencores. Y es que aunque muchas veces dé la impresión que nos miran a los visitantes como si fuéramos billetes con patas, dominan el arte de combinar ese interés con una gentileza que roza la amistad. De alguna manera podría afirmarse que, para ellos, los conceptos de cliente y amigo tendrían que ir siempre ligados, y la verdad es que realizan esfuerzos notables para que así sea.

Aquí había una imagen de mi primera habitación en Marruecos

Sea como sea, acabado el tiempo de reflexión, salgo del riad con la determinación de no ceder más en todo aquello que no me interese de verdad, de ponerlo todo bajo control una vez más. Siento la necesidad de hacer una primera toma de contacto con la ciudad, y me voy hacia la famosa plaza de Jemaa el-Fna. Es mediodía, y no se encuentra muy concurrida (de hecho, tengo entendido que cuando se anima es hacia el anochecer). No obstante, ya se dejan ver por el lugar algunos grupúsculos de músicos, encantadores de serpientes y bailarines. En pleno deambular despistado un tatuador de henna me agarra del brazo y, sin preguntar, empieza a pintarme la mano. Fiel a las nuevas directrices que me he impuesto me muestro firme y le digo que NO. A propósito de esto, hay dos cosas que se aprenden rápido en Marrakech (y seguramente en el resto de ciudades importantes de Marruecos), que a menudo van combinadas: si te paras y hablas con la gente es muy probable que salgas escaldado (económicamente hablando, claro). Yo, esto de pararme, sí que intento evitarlo por todos los medios (cerrando los oídos a los cantos de sirena que vienen de todos lados), pero si por lo que sea al final caigo en las redes de algún embaucador y me freno a escuchar lo que me dice, no soy nunca capaz de denegarle una conversación; me parece arisco, desconsiderado e irrespetuoso. Además, una de las razones decisivas que me impulsan a viajar y conocer nuevos lugares es la de abrir mi mente de occidental rígido y acartonado: si alguien me habla no le denegaré la palabra, y mucho menos aún lo repudiaré como si fuera un apestado. Un NO bien sólido, con una sonrisa y cuatro palabras de cortesía, es siempre la mejor solución. De hecho, la gran mayoría de las veces hay una sonrisa de vuelta, y a menudo un apretón de manos amistoso… (¡Hostia santa! !En un solo día tal vez haya dado más apretones de manos aquí que en un mes entero en casa!).

Aquí había una foto de un carruaje tirado por caballos para turistas

Después de tomarme un zumo de naranja de lo más auténtico por el precio irrisorio de 4DH, en un puesto de los muchos que se alinean a lo largo de todo el perímetro de la plaza, me interno en las profundidades del zoco. Realmente no me interesa mucho la chatarra que venden allí, pero vale la pena darse una vuelta, aunque sólo sea por el movimiento de gente y todo el bullicio. Me dejo perder por su laberíntico trazado hasta que me detengo ante un local minúsculo (poco más que un agujero miserable metido con calzador entre el caos generado por el escándalo de colores y formas de los puestos, con todos sus productos variados), y descubro que se trata de un “restaurante”, orientado casi exclusivamente a la población local (o, por lo menos, ésa es la única fauna que parece frecuentarlo). Decido que es momento de realizar una primera toma de contacto con la gastronomía característica del lugar, y me pido un tajine de pollo, que resulta sorprendentemente suculento (o quizá sea la acción del hambre, que lo acepta todo, no lo sé…)

Una vez fuera del zoco, me encamino hacia una calle netamente comercial (al estilo de Occidente), que parte de la plaza Jemaa el-Fna. En diez metros me ofrecen masajes, cerveza, excursiones y una infinidad de cosas más (debo decir que no da la impresión que Alá vigile muy de cerca estas barriadas, porque las ofertas de hachís y prostitución están a la orden del día). En medio de todo el guirigay escucho con atención a Larbi, un tío que vivió doce años en Galícia y habla un español muy correcto. Resulta que ahora trabaja en una agencia de viajes, y me invita a echarle un vistazo a todo su muestrario de excursiones por los alrededores de la ciudad y más allá. Hay algunas que me parecen interesantes, así que me comprometo a pasarme de nuevo por allí al día siguiente. Solícito, él me asegura que también me mostrará algunos riads más económicos.

Dejo atrás al tal Larbi, y el paseo me lleva esta vez hasta la plaza Foucauld, una especie de centro neurálgico de la medinaal lado mismo de la Koutoubia. Parece que allí se detienen la mayoría de los autobuses de línea, y también se concentran un montón de carretas tiradas por caballos, orientadas al público turista. El hedor a meado es fuerte, combinada con el aroma del estiércol. El interés de mis ojos y mis oídos, no obstante, se lo lleva un chico pelirrojo (sí, por extraño que pueda parecer allí también tienen pelirrojos) que va arrastrando una especie de carrito de la compra cargado de CD’s de música tradicional árabe, con unos altavoces incorporados que vocean sin descanso los últimos hits del “star system” local, a todo volumen. La estampa es poderosa: las melodías arabescas, combinadas con el trasiego de los carros tirados por asnos, las motocicletas hechas polvo circulando arriba y abajo y el lento pasear de los ancianos con chilabas, me ofrecen una imagen totalmente icónica de lo que es el Magreb.

 Aquí había una imagen cotidiana de la plaza Foucauld con la Koutoubia al fondo

Después de pasar un rato por allí, contemplando el parsimonioso discurrir de la vida marroquí, decido que lo mejor será ir hasta la estación central de autobuses, para echarle un vistazo a los horarios y precios de un pasaje hacia la ciudad costera de Essaouira (¡oh, ingenuo de mí). Echo a caminar por la amplia avenida Mohamed V, dejando atrás la medina y adentrándome en la parte occidental (¿moderna?) del barrio afrancesado del Guéliz. Aquí las calles son espaciosas, y se hallan alineadas con hoteles, boutiques y negocios internacionales. A medio camino me sorprende la llamada a la oración desde el minarete de la Koutoubia, y me detengo a escucharla, fascinado por su cantinela tan característica y de enorme poder evocador (de hecho, pocas cosas podrían situarme tanto en un mapa como el canto sentido y apasionado de un moro en lo más alto de una torre, desgañitándose para recordarle a sus paisanos que es hora de pararse un momento y hablar con Dios).

Mientras intento grabar la escena con el móvil, entre las muchas personas que pasan de largo a mi lado, me fijo en dos muchachas jóvenes, que me devuelven la mirada con atrevimiento y me dejan totalmente descolocado. Descolocado, vulnerable, desnudo y desconcertado… porque ésta es, sin duda, una evolución de los acontecimientos que no me esperaba de ninguna de las maneras. Inocente de mí, había llegado a Marruecos convencido de que sería un lugar seguro, modélico, ideal, cobijado del pecado por la estricta moral musulmana, a resguardo de las tentaciones de la carne…

Pero no.

No. Evidentemente en Marruecos también hay intereses carnales, y como causa y consecuencia de esto también se producen tensiones sexuales en las situaciones más insospechadas, aunque no se admita abiertamente. Tal vez se negocie el placer subterráneamente, sí, pero se hace; bajo velos y chilabas, a la orilla de un oasis o en tiendas en mitad del desierto… da igual. Lo importante aquí es que si un hombre que no quiere nada, como yo, llega con la guardia baja puede acabar atrapado por las tentaciones y fracasando estrepitosamente en su noble objetivo de no-querer.  

Con tal de no perder los estribos, de no entrar en pánico por el descubrimiento inesperado de la amenaza oculta y menospreciada del deseo, me digo que seguramente se trate todo de una cosa atribuible al cambio generacional, a la irrupción de la modernidad y la sociedad global interconectada… a los anuncios de moda en la tele y la influencia de las actrices y cantantes del momento.  El poco tiempo que llevo en la ciudad, sin embargo, ya me ha sido suficiente para descubrir (¡oh, pobre ignorante de mí…!) que la humanidad es en esencia igual aquí que en todos lados, y se rige por las mismas tensiones del querer y el no-querer. La gente quiere liarse con otra gente, aunque la religión se haya encargado de controlar el instinto, y el residuo de  ese deseo se puede rastrear, por ejemplo, en la intensidad de la mirada de la joven marroquí, que a veces llega a ser incluso desinhibida. En este sentido, creo que resulta apropiado destacar que la situación de las mujeres en Marruecos me parece bastante laxa y permisiva, comparada con lo que pasa en los países árabes más intransigentes: las mujeres aquí se mueven solas por todas partes, conducen. Reciben tratos favorables en caso de divorcio, y a menudo se aseguran la custodia de los hijos. Muchas de ellas incluso llevan el pelo descubierto y se visten con “wonderbras” y tejanos ajustados (cosa que me permite constatar que hay unas cuantas que se ven bien majas y deseables). A las adolescentes se las ve ir con grupitos de chicos y flirtear con ellos abiertamente sin que pase nada ni se acabe el mundo. Pero bueno, en fin, que a mí todo eso en el fondo me da igual, porque yo no quiero nada ni persigo ningún objetivo, y pienso salirme con la mía…

Aquí había una foto de un parque agradableBueno… de vuelta a lo que decía: continuo con mi trayecto, llevado por el capricho, y me desvío un momento para explorar un parque bastante curioso, el CyberParc Moulay Abdeslam. Se trata de un parque considerablemente extenso y realmente agradable, repleto de plantas exóticas y árboles frondosos, todo él muy bien cuidado, la particularidad del cual se debe a la primera parte de su nombre. El parque, efectivamente, ofrece conexión Wi-Fi, aunque muy mala, y se encuentra dotado de una serie de terminales repartidos por todo el recinto, para que la gente pueda conectarse libremente. Hago el intento de conectarme varias veces, con la intención de comprobar si podré ahorrarme visitas a los cybercafés cuando necesite Internet, pero allí donde voy las máquinas están siempre monopolizadas por algún grupo de adolescentes (me imagino que mirando tetas en las perversas páginas web de Occidente), así que al final, cansado de esperar, me piro. Una vez fuera del parque, me pierdo un rato paseando por las calles de la parte alta de la ciudad (lujo y reminiscencias occidentales que, de hecho, no me resultan demasiado excitantes), hasta que finalmente, tras una larga travesía a paso de abuelo, llego a la estación.

Aquí había la foto de una gran palmera en una calle de Marrakech hacia el atardecer

No me hace falta ni siquiera preguntar. Como si me hubiera leído el pensamiento, un individuo de facciones netamente africanas se me echa encima rápidamente, y me ofrece billetes hacia Essaouira; ida y vuelta por unos 130DH, que no está nada mal. No le paro los pies, y dejo que mueva el asunto a su gusto; después de todo me está poniendo en bandeja lo mismo que había venido a buscar. Fiándome ciegamente de él (de manera bastante temeraria, debo admitirlo, porque no había nada en ese hombre que revistiera el menor signo de oficialidad) le pago, y mientras espero a que vuelva con mi cambio me entretengo charlando con Abdul, otro buscavidas que pulula por ahí como un zángano y se dedica a captar gente para llevarla de excursión. Es un tipo bajito, achaparrado y con una expresión y unas maneras que lo delatan en algún punto a medio camino entre un “pringao” y un canalla (una especie de Fernando Esteso marroquí). Medio en español, medio en francés, me asegura que conoce un lugar donde venden cerveza a buen precio, y se ofrece a llevarme hasta allí. Por el camino me explica su vida, curiosa, como mínimo: tiene 34 años, una mujer, dos hijos y problemas para llegar a fin de mes, como casi todo dios en este país. Me lo cuenta, a pesar de todo, sin perder la sonrisa en ningún momento, confesándome entre risas que lo que más le gusta es el alcohol y el sexo (…ya lo decía yo, ya, que el vicio no descansa jamás, por más oculto que pueda quedar bajo capas y más capas de moralidad). No estoy seguro en qué orden de preferencia, pero entiendo que un buen vaso de vino con la cena le hace quedar como un campeón con su mujer, mucho mejor que la Viagra, dice. Todo lo contrario que en Occidente, pienso yo, donde a menudo el consumo de alcohol se perfila como la ruta más rápida hacia el fracaso sexual… 

En fin, lo dejo aquí, que no quiero extenderme, que las personas que no queremos nada estas cuestiones tan terrenales del sexo ya las hemos superado…

Bien, el caso es que el tal Abdul me acaba conduciendo a un supermercado escondido en un sótano, que (atención, redoble de tambores) no es ni más ni menos que… ¡un vil Alcampo (Auchan en francés)! Después de dar una vuelta por los pasillos, maravillándome ante el milagro neocolonizador que implanta tan fácilmente nuestros modos de vida occidentales en casa de los demás, nos dirigimos a la sección de bebidas, y escogemos nuestros respectivos alcoholes: a él le invito a una botella de vino; yo hago la fatídica elección de las “Casablanca”, la cerveza monstruosa con la que he empezado este relato (¡uf… a estas alturas todavía me quedan dos botellines enteros, qué suplicio!). Una vez hecha la compra me despido cordialmente de Abdul, y me vuelvo a la medina, atravesando la muralla por la puerta de Bab Doukkala.

Aquí había una foto de un mercado marroquí en plena calle y su correspondiente caos      Aquí había una foto de un mercado marroquí en plena calle y su correspondiente caos

Justo al otro lado me espera un mercado ambulante de frutas y verduras, montado sobre carros tirados por burros. Me detengo allí en medio un momento, para realizar unas instantáneas, y de acuerdo con una de las leyes inviolables que he mencionado más arriba (aquella que dice que si te paras un segundo más de lo necesario la has cagado) acabo siendo cazado por un buscador de oportunidades, que se ofrece a llevarme a una exposición de productos artesanos bereberes, que según dice sólo estará disponible por un solo día (ja, ja, ja). Ya de entrada esta estratagema vulgar no me cuaja, pero aun así acepto acompañarle. Me conduce hasta una tiendecita luminosa con las paredes repletas de cerámica, joyería y marroquinería (redundante, ¿no?), y me presenta a Abdullah, un señor de gestos tranquilos y muy amable, que me invita a tomar asiento para negociar a la manera bereber; con tranquilidad, sin prisas, con una taza de té humeante en la mano. El hombre insiste varias veces en que si al final no llegamos a ningún acuerdo no pasa nada, pero moralmente la hospitalidad con la que me acoge, tan lejos de las transacciones comerciales al uso a las que estoy acostumbrado, me obliga de alguna manera a ponerme en disposición de comprar (mi gentileza moral me dice que sería muy feo no comprarle nada después de beberme su té… aunque tal vez esté equivocado y solamente sea un palurdo que se deja tomar el pelo). Todo esto me invita a reflexionar, mientras paladeo el té caliente, sobre la diferencia de enfoque comercial existente entre el mundo occidental y el mundo árabe, y llego a la conclusión que me gusta más este estilo magrebí, aunque el regateo como método para la fijación de precios muchas veces pueda resultar extenuante. Es evidente que ellos tienen el mismo interés en vender que nuestros comerciantes occidentales, pero por otro lado también es verdad que lo saben combinar de una manera muy elegante con su tendencia natural a la hospitalidad. El resultado de todo esto es que al final salgo de la tienda de Abdullah con un bolso de cuero (según él dice de auténtica piel de camello…), obtenida tras un duro proceso de negociación, dirham arriba dirham abajo.

Aquí había una foto del minarete de la Koutoubia con la caída de la nocheDespués de hacer una parada técnica en el riad para descansar, salgo de nuevo a dar una vuelta nocturna y a cenar, por los alrededores de la plaza Jemaa el-Fna. El camino hasta la plaza es corto, pero en sólo medio trayecto ya me aborda un puñado de gente ofreciéndome sus servicios, que declino amablemente. La plaza, por la noche, se encuentra bastante más animada que durante el día: hay grupos de individuos bailando danzas tribales, tipos paseándose con monos que llevan atados con correa como si fueran perros, músicos y vendedores. La principal novedad que presenta la plaza, no obstante, es que a la hora de cenar se montan una serie de tenderetes y quioscos, en los que se oferta comida buena y barata, con el protagonismo destacado de los pinchos de carne. Pasearse ociosamente por allí en medio significa renunciar a la tranquilidad, recibir mil y una ofertas para cenar y presenciar disputas entre camareros para quedarse con el honor de ser ellos quienes te alimenten, en detrimento de sus vecinos y competidores. Con amabilidad y una cantidad innombrable de apretones de manos les digo a todos que todavía no tengo hambre y que volveré más tarde. Todos me hacen prometerles fidelidad, pero es evidente que yo sólo puedo cenar una vez, así que me preveo un problema para más tarde. Para matar el tiempo mientras se me hace un hueco en el estómago, me voy al zoco, que ya está medio cerrando. A mitad de paseo un chico en una esquina me para con la táctica habitual: Español? Italiano…? El sujeto se presenta como Ibrahimovic, pero yo prefiero llamarle Ibrahim, que es su nombre real. Aquí había una foto nocturna del zocoEl caso es que no hace el más mínimo intento de venderme nada, como todos los demás, y de alguna manera eso me hace sospechar. Me pongo en guardia, pero lo único que me ofrece es que nos vayamos de fiesta, con alcohol, mujeres y tal. Por un momento me planteo responderle que yo no quiero nada de eso, que soy un experto en renunciar al deseo y aspiro a acabar el día sin tener que follar ni nada parecido, pero en un segundo de lucidez me digo que no me entenderá, y me limito a explicarle que no soy un putero. Él me contesta que no se trata de nada de eso, que se trata de pasar un rato como amigos, pero yo sigo sin entender demasiado qué es lo que pretende. Al final me invita a sentarme en un taburete allí en mitad de la calle, mientras cuida de su negocio. Entre ida y venida para atrapar a sus clientes me explica su vida: que había estado en Italia vendiendo bolsos de imitación por las casas; que los relojes que vende se los traen de Dubai, y que las imitaciones chinas no valen una puta mierda. Me invita a fumar, me va a buscar un té no sé dónde y me compra una bolsa de palomitas; todo esto sin un interés evidente que vaya más allá de la conversación. Debo decir que el tío es curioso: lleva una mochila a la espalda, de la cual extrae una botella de vodka y le pega un sorbo de vez en cuando, como si estuviera llevando a cabo la actividad más clandestina e inmoral. Esto me hace pensar en lo que me había explicado Abdul previamente, sobre la relación que ellos, los marroquíes, tienen con el alcohol: para ellos está prohibido beber, bajo pena de multa y dos días en el calabozo, mientras que para nosotros, los turistas, está plenamente aceptado. ¡Pues qué injusto, chaval!

Tras pasar un rato con Ibrahim decido ir finalmente a cenar. Me despido de él, no sin que antes me vuelva a proponer su fiesta, y le digo que estoy cansado, que quizás vuelva al día siguiente. De vuelta en la plaza Jemaa el-Fna unos individuos que me habían ofrecido sus delicias se muestran muy contentos por haber mantenido la palabra que les había dado, y me acomodan en un asiento improvisado entre otros comensales. Me contento con una cena suficiente por tan sólo 18DH (propina incluida), y después decido volver al riad.

Aquí había la imagen de un restaurante improvisado en plena calle Aquí había una foto mía haciéndome el guapo

En el trayecto me pierdo un poco por las callejuelas, estrechas, mal iluminadas, de alguna manera intimidatorias, hasta que aparece un niño de no más de 10 años, que se ofrece para convertirse en mi guía y sacarme de allí. Me hago ya a la idea que tendré que pagarle, pero a medio camino me doy cuenta que no llevo ni un duro encima. Efectivamente, justamente en el momento de dejarme delante de la Koutoubia me pide un regalo (qué adorable el niño, por lo menos no me pide dinero de manera explícita…¡qué sutil!) No sé que darle, todo lo que llevo conmigo en ese momento me es útil, y el niño empieza a cabrearse. Ante su insistencia le digo que me acompañe al riad, y subo un momento para volver a bajar al cabo de nada, con una gorra a la que le tengo mucho aprecio (por llevar la leyenda “Animal”, con la que, no hace falta decirlo, me siento bastante identificado). El niño se queda satisfecho y se va, y yo me vuelvo para arriba, lamentando la pérdida de mi gorra. En cualquier caso, prefiero haberme quedado sin gorra mil veces antes que darle dinero al chaval. Puede que sea absurdo, porque es probable que necesite más la pasta, pero la gorra me parece un obsequio mucho más humano y personal.

Me voy a dormir, feliz, contento; realizado y satisfecho por haber completado mi primer día en Marruecos con éxito, sin haber deseado nada en concreto que me haya desviado de mi principal objetivo: ser, existir en paz; ver, conocer y sentir.

(Continuará…)

Aquí había una foto de un callejón que da miedo

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