VUELTA AL MUNDO – DÍA 2 (29/01/2014) – PRIMER CONTACTO CON KATMANDÚ

Aquí había una foto mía posando con unos templos detrás

Empiezo con una foto guapa para que no se me asuste nadie, con el título que encabeza este post…

Porque sí, Katmandú también tiene algunas cosas majas escondidas entre el polvo y la basura. Pero no nos engañemos: la capital de Nepal, en general, es una ciudad fea y desagradable de cojones.

Sé que hay mucho viajero por ahí que flipa con Katmandú, pero si hay alguien enamorado de esta ciudad será por su gente y su carácter, digo yo. O no lo sé… tal vez sea que no he pasado suficientes días perdido en sus calles como para conectar con su espíritu más profundo. El caso es que, siendo sincero, me siento obligado a discrepar con los fans de esta ciudad: la encuentro más bien horripilante a los sentidos. Llamadme superficial si queréis, pero yo no he visto demasiada cosa especialmente loable en ella, salvo algún monumento o lugar histórico muy localizado. En cambio, sí que he visto mucho que hay que repudiar.

Pero dejemos las razones de esta animadversión para más adelante; las expondré en un próximo post. Ahora continuaré con el relato de mi viaje, que había dejado justo cuando despegaba de la ciudad árabe de Sharjah

Aquí había una foto de unas etiquetas de equipaje

El aeropuerto de Katmandú es el aeropuerto más singular que recuerdo haber pisado jamás. Es como muy de pueblo, así como de pan con chorizo. Cuando llegué hace ya unos cuantos días me sorprendió su simplicidad, su aire provinciano, sin grandes estructuras de vidrio ni tecnologías punteras a la vista, ni ninguna otra pretensión de modernidad. No sé… al fin y al cabo acababa de aterrizar en una capital, la puerta de entrada principal de todo un país, y me esperaba un esfuerzo por impresionar al visitante, como suele pasar con los países que se están desarrollando. Pero no encontré nada de eso en Katmandú; esta es la ciudad de referencia de un país “subdesarrollado”, con todo el peso que implica la palabra.

El edificio de la terminal es de obra vista, ladrillo sobre ladrillo, sin retórica ni funambulismos de ningún tipo, y al ir a recoger el equipaje uno se espera encontrar cabras y gallinas entre las maletas, dando tumbos en las cintas a la espera de que alguien las reclame para hacer un estofado. Tan solo llegar la imagen dorada de un Buda recibe a los pasajeros (los nepaleses están muy orgullosos de este individuo), y, a continuación, de camino hacia los controles de llegada, una serie de paneles colgados del techo apuntan unos primeros datos curiosos acerca del país y su talante, así como para presentarlo a los recién llegados, no sin un cierto toque de humor: que en Nepal se pueden encontrar las montañas más altas del mundo, por ejemplo, pero también al hombre más bajo; o que allí las cosas van lentas, y es mejor tomárselo con calma…

Aquí había un cartel avisando de cómo de lentos son los nepaleses

Las cosas van con calma, sí… con toda la calma del mundo, como el funcionario de inmigración que me tramitó el visado de entrada, que tardó unos diez minutos bien buenos para ponerme una pegatina en el pasaporte y escribir un par de datos, mientras sus compañeros y unos cuantos policías pasaban el rato mirando vídeos de YouTube a sus espaldas. Suerte que yo era la única persona en la cola, porque si no los que hubieran esperado detrás lo habrían tenido muy crudo con esa velocidad de trabajo…

Una vez fuera, tal como había acordado con el hotel, un tío me estaba esperando con mi nombre escrito en un cacho de cartón. Al rato, se me llevaba en una furgoneta, conduciendo a toda velocidad por un laberinto de callejuelas estrechas y mal pavimentadas. A esas horas ya estaba del todo oscuro, pero echando un vistazo por la ventana ya pude intuir un poco el caos que me esperaba en aquel lugar. Enseguida me vino a la cabeza el recuerdo de la India, y es que, realmente, en Nepal guardan un gran parecido con sus vecinos del sur… aunque también tienen muchas diferencias. Pero bueno, eso ya lo iré explicando más adelante… De esa noche en concreto no puedo decir mucho más: estaba hecho polvo, y me dejé olvidada la bolsa con el ordenador y la cámara en recepción, a punto para que se la llevara cualquiera que pasara por allí. Por suerte, la fortuna todavía estaba de mi parte, y enseguida que me di cuenta de ello la pude recuperar. Con tal de no cagarla más, tan pronto como llegué a la habitación me metí en la cama, dejando cualquier tipo de exploración del entorno para el amanecer.

Aquí había una foto de una habitación de hotel con una seta

Al día siguiente me levanté tarde. Hacía un par de noches que no descansaba en condiciones, así que pensé que me lo podía permitir. Una vez me hube puesto en marcha subí a la terraza para desayunar, donde me recibió Kanul (o alguna cosa similar…), que era el sujeto que dirigía el cotarro. Un tío simpático y bien educado, con un inglés muy superior a la media; me dio un mapa, algunos consejos para sobrevivir en aquella ciudad, y, después, me invitó a que me reuniera con unos compañeros suyos para fumar hachís. Sí, bueno… unas relaciones públicas inusuales, como mínimo, por aquí por nuestras latitudes. De cualquier manera, como yo no fumo, estuve un rato charlando con ellos y luego me fui a dar una vuelta.

Es casi obligado: el hotel donde me alojaba se encontraba en el mismo centro del barrio de Thamel, el archiconocido distrito mochilero de Katmandú. Tras torcer por un par de callejuelas interiores que ni aparecían en los mapas y proveerme de rupias en una oficina de cambio, iba a desembocar en una calle estrecha abarrotada de rótulos anunciando los mil y un negocios de rigor orientados al turista (hostales, restaurantes, bares, clubes de striptease, tiendas de baratijas y recuerdos, tiendas de montañismo, agencias de viaje, etc…). Todo bien aderezado con un montón de chinos de aspecto despistado moviéndose en rebaño por todas partes, y un sinfín de motos y coches circulando por en medio de espacios imposibles, haciendo sonar sus bocinas como locos y pasando a un centímetro de los peatones.

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Armado con el mapa que me había dado el tal Kanul, intenté orientarme en medio de aquel caos de vendedores-acosadores, carros llenos hasta los topes de productos polvorientos, pequeños templos budistas en mitad de los cruces, animales sarnosos, basura, escombros y tenderetes de comida de todo tipo sobrevoladas por las moscas. Como era esperable, en la mayoría de los casos los nombres de las calles no figuraban en ninguna parte, y, si lo hacían, a menudo se encontraban bien escondidos, así que me tocó preguntar direcciones y confiar en una vaga correspondencia entre mi mapa y la realidad. Con tiempo y persistencia acabé por recibir el obsequio de una primera confirmación que me encontraba en la buena senda para llegar a mi destino: Swayambunath, también conocido como el Templo de los Monos.

Aquí había una foto de un mapa improvisado en la calle

A estas alturas, recorrido un buen trecho de las calles de la ciudad, ya me encontraba en condiciones de registrar una primera impresión sobre los nepaleses: que sí… que son gente muy bajita en general, y que, además, comparten todos una gran afición por escupir; hombres, mujeres y niños. Normalmente mediante grandes expectoraciones la hostia de escandalosas. Y también que hay de dos tipos, básicamente, por lo que se refiere a su aspecto físico: unos que presentan mayoría de rasgos indios, y otros que presentan mayoría de rasgos chinos, siendo casi todos una mezcla entre las dos cosas (tal com sugeriría la lógica derivada de la propia situación geográfica de Nepal). A parte de eso, debo decir que hablan y entienden el inglés mucho mejor de lo que me esperaba (y mucho más que en otros lugares), y que enseguida comprendí que son una gente amistosa, honesta y con ganas de ayudar, aunque a veces cueste discernir si detrás de eso existe un interés por los montones de rupias que se nos presuponen a todos los extranjeros. Pero bueno… eso pasa en muchos otros sitios del mundo, y no es una cosa que sea propia solamente de Nepal…

Aquí había una foto de billetes nepaleses

A Swayambunath me fue fácil llegar, después de todo. Hallándose en la cima de una montaña, no era muy difícil divisarlo desde lejos y trazar el camino. Se trata de un complejo religioso formado principalmente por un gran estupa budista, un monasterio y un grupo de templetes menores hinduistas. Se eleva por encima del entramado urbano de Katmandú, en su extremo noroeste, y aun disponiendo de diversos accesos, el principal de ellos consiste en una escalada empinadísima, marcada por 365 escalones de piedra. En el trayecto hacia arriba, vendedores de baratijas y monos carteristas intentaron detenerme sin éxito. También me pararon unas niñas que pedían donaciones para su colegio, pero no les di nada por las razones que os explicaré en un próximo post. Al igual que todos los lugares de interés de la ciudad, en el templo, es preciso pagar para entrar, pero casi no hace falta ni comentarlo: el precio, como sucede con tantos otros productos y servicios en este país, es irrisorio.

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A pesar de estar infestado de turistas, el ambiente que se respira una vez arriba es bastante místico, y me permitió alejarme de todo el ajetreo tan mundano que abarrota las calles de Katmandú:

Por otra parte, el día era claro y soleado, y me regaló unas vistas inmejorables sobre la ciudad:

Pese a tener algunas nociones, no soy ningún experto en religión y filosofía budista, pero aprendí que una de las cosas para las cuales se usan los estupa es para rodearlos haciendo girar una especie de campanitas cilíndricas, mientras se  recita un mantra, con el objetivo de alcanzar la concentración meditativa:

Aquí había una foto de unas ruedas de rezar budistas

Aunque hay mantras oficiales y reconocidos (Om mani padme hum), yo hice mi vuelta al ruedo recitando uno de mi propia cosecha: “No quiero nada, no quiero nada, no quiero nada…”

Y es que cualquier medio nuevo es bienvenido para combatir en la incesante lucha contra el deseo…

Justo cuando ya me iba del lugar, un vendedor aprovechó un momento de debilidad mientras tomaba una foto para atraparme y hacerme entrar en su tienda. Vendía una especie de pinturas sobre motivos budistas hechas a mano muy típicas de Tíbet y Nepal (thanka). Me comió la cabeza un buen rato explicándome las virtudes artísticas de las piezas, y, como dedicó mucho tiempo a aclararme los detalles de la Rueda de la Vida (o Samsara), y yo, de hecho, estaba interesado en la cuestión, al final acabé comprando.

Aquí había una imagen de la Rueda de la Vida budista

Después de Swayambunath decidí volver al hotel por un camino diferente, y me adentré, con la pobre orientación que me proporcionaba el mapa, en el barrio de Chhauni, donde tropecé por casualidad con un monasterio, en el que unos monjes estaban llevando a cabo una especie de ceremonia ritual:

No sé muy bien de qué iba la cosa, pero por lo que vi se trataba de realizar unas ofrendas a una especie de figura puntiaguda mientras le clavaban unas banderillas de incienso, y un monje con más graduación (y con un traje más chulo) iba recitando una serie de mantras, para acabar quemándolo todo en una pira. Como si nada hubiera pasado…

Retomé el camino de vuelta con la intención de pasar por aquello que llaman la Durbar Square (una gran plaza abarrotada de antiguas pagodas, templos budistas e hinduistas y palacios varios), pero no pude llegar hasta última hora de la tarde, y gracias a unos niños muy monos que me ayudaron a orientarme. Realmente, eso fue todo un respiro; ver los grupos de niños volviendo del colegio, todos y cada uno bien vestidos con sus uniformes impecables, es una cosa que tranquiliza de verdad en una ciudad tan caótica. En ausencia de cualquier otro signo de armonía, la uniformidad de los chavales me dio una mínima sensación de orden a la cual aferrarme.

La Durbar Square es uno de los espacios realmente bonitos de Katmandú, pese a que para entrar hagan pagar un precio bastante elevado, comparado con los otros lugares de interés (unos 5€). Jo me escaqueé, lo confieso, aunque no pude aprovechar demasiado mi proeza. Lo peor de las Durbar Square (ya sean de Katmandú o de cualquier otro sitio, que cada ciudad antigua tiene la suya) es que siempre están llenas de nepaleses ansiosos por ofrecer sus servicios (guías de montaña, taxistas, guías de historia local…), y, francamente, es una putada. A mi me cazó uno muy pesado que me siguió hasta arriba de todo de la pagoda, mientras intentaba pasar un rato relajado comiéndome mi almuerzo/merienda, para que contratara una excursión con él (sherpa con muchos años de experiencia) o fuera a su escuela de arte para comprar una pintura thanka. Tras un buen rato y una visita fugaz a su tienda para cumplir el expediente, conseguí deshacerme de él.

Aquí había una foto de la pagoda en la Durbar Square

El primer día en Katmandú había sido intenso, y la noche ya caía, o sea que pensé que sería bueno volver al hotel y pasar el resto de la jornada haciendo el vago. Al hotel me llevó un hombre que me supo mal sacarme de encima, a pesar de que a duras penas podía maniobrar el vehículo que conducía (un rickshaw, una especie de bici con un trono en la parte de atrás para individuos acomodados) por las calles llenas de baches de Thamel. Me hizo sentir mal de verdad ver como el pobre hombre se esforzaba en pedalear, mientras yo permanecía sentado a sus espaldas como una especie de marqués atontado, pero fue él quien insistió en llevarme, y, después de todo, supongo que así se contribuye a que el hombre gane un dinero que es siempre necesario. De cualquier modo, para próximas ocasiones, pienso poner todos los medios para evitar escenas de este tipo. Soy republicano, y no quiero sentirme tratado a cuerpo de rey…

Esta fue, pues, mi primera cata de Katmandú… y bien, para empezar creo que fue suficiente. Esa noche cené tranquilamente en la azotea del hotel, y después me recluí en la habitación para escribir hasta altas horas de la madrugada. A la mañana siguiente me esperaba otra jornada dura…

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Acerca de David Castejón

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  1. […] el segundo día de mi estancia en Katmandú repetí el mismo proceso del día anterior, de levantarme tarde y desayunar en la azotea del hotel, con absoluta tranquilidad, sin prisas […]

  2. […] un post anterior comentaba que, mientras ascendía escaleras arriba hacia el Templo de los Monos de Katmandú, unas […]

  3. Anónimo dice:

    Me gustaria viajar alli alguna vez , que me recomiendas. Soy de Chile y nuetra cultura es muy diferente

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