VUELTA AL MUNDO – DÍA 3 (30/01/2014) – KATMANDÚ EXTENUANTE

Aquí había una imagen de una estatua divina encima de una columna
En el segundo día de mi estancia en Katmandú repetí el mismo proceso del día anterior, de levantarme tarde y desayunar en la azotea del hotel, con absoluta tranquilidad, sin prisas para bajar a la jungla urbana que ya llevaba varias horas desatada en las calles de la capital nepalesa. Para aquella jornada había planeado ir hasta un lugar llamado Patan, del cual había oído que era bastante digno de visitar. En mi mapa parecía bastante cercano (de hecho, no se apreciaba ningún indicio que indicase lo contrario), pero no tardé mucho en enterarme que quedaba a unos 8-9km, o lo que era lo mismo: un buen rato a pata. Ningún problema; tampoco es que tuviera nada urgente que hacer en todo el día. Así que empecé a caminar a lo largo de una gran avenida de tráfico enloquecido, como cabía esperar, que según el mapa me debía conducir directamente hacia donde pretendía llegar. Después de un par de horas andando, de haber atravesado ríos pestilentes de puro detritus y cruces de calles imposibles de superar si no es jugándose la integridad; de haber dejado atrás centros comerciales recubiertos de cristal deslumbrante al lado de edificios en estado ruinoso, puentes inexistentes a medio construir, enormes descampados de utilidad enigmática, un estadio de fútbol nacional de categoría regional (Dasharath Rangasala), templos y más templos hasta el aburrimiento, pordioseros en cada esquina… llegué a la determinación que me había perdido.

Lo que en el mapa aparenta ser recto, en Katmandú, a veces resulta que no lo es, y lo que figura como referencia para guiarse, a veces, no existe. Así fue que, en un cierto punto, la casualidad quiso que girase a la derecha en vez de girar a la izquierda, como debería haber hecho, y en la grandeza de mi error me tropecé con esto:

Aquí habí la imagen de un local con aire español

La primera reacción fue de sorpresa, y le hice una foto al local. Seguidamente pensé que tal vez estaría bien entrar y comprobar qué se cocía allí dentro. Mi expectativa era encontrarme algún tipo de español emigrado a Nepal, por extraño que eso pueda parecer, pero lo que descubrí fue justo lo contrario: un nepalés emigrado a Barcelona y de vuelta en su país después de 10 años, determinado a predicar las virtudes de las tierras ibéricas y de su gastronomía. Tal criatura respondía al nombre de Bibhushan, y tenía un cuadro enorme de Cadaqués presidiendo el comedor del restaurante. Debo decir que hablaba un español muy correcto, y me ofreció un montón de consejos e indicaciones. Me explicó que, en realidad, me encontraba en Lalitpur, un anexo urbano de Katmandú que vendría a ser lo mismo que l’Hospitalet del Llobregat o Badalona son respecto a Barcelona. Patan, en el fondo, no era más que el casco antiguo e histórico de esta Lalitpur, y después de comer se ofreció para acompañarme con su moto. Al despedirnos me invitó a pasar por su restaurante en cuanto volviera a Katmandú, antes de coger mi vuelo hacia China, y catar, o quizás incluso intentar preparar, un poco de cocina nepalesa. Pero esa es otra historia que me reservo para más adelante…

Aquí había una foto de un plato de tortilla de patatas

Patan tiene una Durbar Square tanto o más bonita que la de Katmandú, y más barata, pero que padece los mismos males: está infestada de “guías” que te persiguen todo el rato insistiendo en que contrates sus servicios, porque sin nadie que te dé las explicaciones históricas correspondientes, dicen, el sitio carece de sentido y bla, bla, bla… Yo solo quería pasearme por el lugar a mi aire y que me dejaran en paz, pero se me enganchó uno tan pesado que al final acabé cediendo. Recuerdo que mientras el tío me hablaba yo tenía las antenas medio desconectadas, y solo deseaba que terminara con sus explicaciones para quedarme solo de nuevo y poder descubrir el lugar a mi ritmo y manera.

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El caso es que cuando el “guía” terminó de darme el coñazo ya se hacía de noche, tras toda una hora visitando templos y palacios de cuyos detalles evidentemente ya no me acuerdo, y decidí que sería mejor volver hacia el hotel, con los planes chafados y cabreado conmigo mismo por no haberme mostrado más firme. Esta vez me monté en el autobús, por eso, que ya había caminado suficiente aquel día; un bus de esos sin orden ni ley donde todo es un caos, desde el aspecto y estado del vehículo en sí mismo hasta la sobreocupación y el funcionamiento de todo el sistema de paradas (ni la más remota idea de cómo la gente se lo monta para llegar sana y salva a su destino).

Aquí había una imagen del interior de un autobús nepalés

Al llegar al hotel me encontré con que no funcionaba Internet. Después de mucho insistir en conectarme sin éxito (no por un motivo banal, sino para trabajar en este blog), acabé frustrado y confrontado, por vez primera, con una de las carestías que habría de acompañarme durante el resto de mi viaje por Nepal: los cortes en el suministro eléctrico. Sucede que Nepal produce menos energía de la que consume (o no… he escuchado que produce suficiente, pero tiene que exportarla a India, ya que tiene una gran deuda contraída con el país vecino), y como consecuencia la red no da abasto, de manera que se corta la luz durante muchas horas al día. Varía según época y región, e incluso hay horarios estipulados para que la gente se las apañe y pueda hacer su vida más o menos con normalidad.

Bastante contrariado, pensé que lo mejor sería salir a dar una vuelta y que me diera el aire, pero aquel, definitivamente, no estaba llamado a ser mi día: en el mismísimo centro de Thamel, mientras intentaba escoger una postal, un niño me timó, como a un idiota cualquiera. Y yo era consciente en todo momento de que lo estaba haciendo, pero es muy difícil decirle que no a un mocoso sucio y polvoriento que se queja de que tiene hambre y solo quiere que le compres un poco de leche. Tal como ya sospechaba -la técnica ya me sonaba de haberla presenciado en India- se trataba de una estafa: el niño se pone de acuerdo con un tendero, que vende la leche a un precio exagerado; cuando la víctima se va niño y tendero comparten el sobreprecio. Así de simple; aprovechándose de la buena fe del visitante. Pero bueno… supongo que estos chavales bien deben buscarse la vida de alguna forma…

Quedaba claro que lo mejor era volver al hotel y quedarse quietecito hasta el día siguiente. Habían pasado solo dos jornadas, pero ya quería salir desesperadamente de aquella ciudad…

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Acerca de David Castejón

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