VUELTA AL MUNDO – DÍA 4 (31/01/2014) – HUÍDA DE KATMANDÚ

Aquí había una foto de una estación de autobuses

En mi primer post relativo a la capital del Nepal expresé mi escaso entusiasmo por esta ciudad, y dije que más adelante comentaría las razones de la mala impresión que me había causado. Pues bien, como no me gusta opinar negativamente de nada o de nadie sin justificarme, ahora, en este post en el que recordaré mi último día (o mejor dicho… casi último) en Katmandú, aprovecharé la ocasión para saldar la deuda contraída.

Empezaré con unas imágenes, que según se suele decir valen más que mil palabras:

Bueno… me parece que no hacen falta más explicaciones; uno de los problemas principales de Katmandú se muestra por sí solo: la suciedad, ubicua y manifiesta en todas las formas posibles y en casi todos los rincones de la ciudad. Y sin que nadie mueva un dedo al respecto; ni los mismos habitantes de la ciudad -que con toda seguridad se encuentran faltos de la educación necesaria en temas ambientales- ni tampoco las autoridades -demasiado preocupadas con sus corruptelas-, ni por supuesto los gobiernos occidentales ni sus corporaciones multinacionales, que no muestran inconveniente en inyectar su producción de bienes de consumo en la pequeña nación del Himalaya, pero se desentienden de los problemas derivados del consumo en masa en un país de infraestructuras reducidas y deficientes como es Nepal. El caso es que, a mí, la omnipresencia de todo tipo de residuos sólidos, unida a la sensación de caos imperante en la ciudad -donde todo parece improvisado y lo que se deteriora ya no se repara-, más la calor y el polvo que levantaba un tráfico loco y constante en un entramado de calles estrechas y mal pavimentadas… todo en conjunto llegó a un punto que ya no me permitía respirar.

Y sentí la necesidad imperiosa de largarme.

La fortuna, o no, quiso que me quedase un tercer día, a pesar de todo. En mi deseo de profundizar un poco más en las costumbres y la vida local, unos días antes había acordado encontrarme con un tal Krishna, un nepalés con el que había contactado a través de Couchsurfing. Así que le llamé, y enseguida vino a buscarme al hotel. Más alto que la mayoría de sus paisanos, pero no más que yo; vestido con camiseta a rayas y con un emplaste de arroz de color rojo pegado en el centro de la frente (costumbre ritual hinduista por excelencia…), me recibió con un apretón de manos. Después de desayunar unas tostadas en un restaurante de al lado, y de hacerme a la idea que debido a su acento típico de indio (en Nepal hablan un idioma muy parecido al hindú) sólo entendería el 50% de todo lo que me dijera, me subí en su moto y me llevó a su casa, donde me acogería como invitado aquella noche.

La guarida de Krishna era un apartamento minúsculo en un sencillo bloque de pisos de fachada azul y interiores oscuros. Niños curiosos asomaban por las ranuras de las puertas entreabiertas según subíamos por las escaleras, y volvían a esconderse como animalillos asustadizos. Espacio de una sola habitación (unos 20 metros cuadrados, quizás incluso menos, por los cuales pagaba unos 40€…), la vivienda no se encontraba dotada ni de cocina ni de aseo. De hecho, la cocina estaba montada en un rincón, y se reducía a una especie de camping-gas; el lavabo se compartía con los vecinos de planta, y no me quise aventurar en él: el propio Krishna me dijo que no era muy cómodo ni agradable, así que preferí abstenerme de usarlo. El resto: un montón de cosas apiladas y poco espacio para moverse.

A pesar de que la habitación ofrecía pocas comodidades, Krishna no descuidó en ningún momento la hospitalidad, y me ofreció que usara su cama, insistiendo en que estaba acostumbrado a dormir en el suelo. Yo tampoco tenía ningún inconveniente en hacerlo, la verdad, pero insistió tanto que acabé aceptando.

Aquí había una foto mía con Krishna

Aquí había una imagen del dormitorio de Krishna

Una vez me encontré instalado y libre de cargas, con la mochila olvidada bien lejos de mis hombros, Krishna me preguntó qué quería hacer, y aprovechó para exponerme su situación: que no tenía trabajo y que hacía de guía ocasionalmente para salir adelante. Me propuso hacer un trekking por las montañas que rodeaban la capital, dentro de un parque natural desde donde se podían ver las cimas del Himalaya. Todo, los dos días en la montaña más un día en la ciudad, por unos 50€. En un principio me molestó que hubiera hecho uso de Couchsurfing (una red social de alojamiento y apoyo al viajero, donde los intercambios entre huéspedes e invitados deberían ser desinteresados) de aquella manera y estuviera desvirtuando la esencia de la idea, pero después pensé que me estaba ofreciendo un servicio que de todas maneras me interesaba, y por otra parte, si quería, siempre podia rechazar.

Así que lo consideré justo y acepté.

Establecida la naturaleza de nuestra relación, salimos a dar una vuelta por la ciudad, nuevamente a lomos de la moto de Krishna.

El primer lugar donde me llevó Krishna, ahora ya como mi guía oficial, fue el templo de Bouddanath, el estupa budista más famoso de la ciudad. A pesar de su localización en una calle muy transitada y ruidosa de los barrios del noreste de Katmandú, Bouddanath me sorprendió por la paz y la harmonía que se respiraba en todo su recinto. Para acceder había que pagar unos dos euros y medio, pero la verdad es que valió la pena. Una vez dentro, el estupa surgió ante mis ojos enseguida, erigiéndose hacia el cielo en el centro de una especie de patio circular flanqueado por una serie de edificios bajos de fachada colorista, salpicados de bares y restaurantes montados en terrazas soleadas; blanco y dorado; revisándolo todo con los ojos omniscientes que tenía pintados en su cúspide. Todo el espacio aparecía atravesado por una serie de tiras con banderitas de colores inscritas con mantras budistas, que partían del punto más alto del estupa y se distribuían radialmente descendiendo hacia los edificios de alrededor.

Poniéndole la vida al lugar había una mezcla más o menos equilibrada de turistas, vendedores, gente local que estaba de celebración y monjes budistas con sus cabezas rapadas y sus túnicas color ocre y escarlata.

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Dando un rodeo a la estructura central, justo en el extremo opuesto a la entrada del recinto encontré un monasterio empotrado entre los edificios de viviendas, en el cual me interné buscando una posición elevada desde donde poder observar mejor el panorama. Tan sólo atravesar la gran puerta principal, detrás, había instalada una rueda gigante de los mantras, a punto para todos aquéllos que quisieran conectar con las altas esferas del Cosmos. Yo esta vez me abstuve de hacerla girar, y en lugar de eso me tomé una aproximación mucho más terrenal: me hice una foto con ella, como el más vulgar de los turistas.

El interior del edificio era guapo, decorado con pinturas murales recreando el Samsara. Lo mejor de todo, no obstante, era la terraza que había en el último piso, que ofrecía unas vistas privilegiadas de todo el conjunto, en el cual se estaba celebrando una especie de festival que había atraído a fieles y curiosos por igual:

Una vez acabada la visita a Bouddanath cruzamos la ciudad de este a oeste, abriéndonos paso nuevamente en medio del caos, y nos dirigimos al otro extremo de Katmandú para echarle una ojeada al templo de Swayambunath (Templo de los Monos). Yo ya había estado hacía un par de días allí, durante mi primer día de exploración de la capital nepalesa, pero Krishna insistió en llevarme, y no quise contradecirle. Después de todo, tal vez tenía algo nuevo para mostrarme, que se me hubiera pasado por alto. Antes de subir las escaleras hacia la cima de la montaña donde se situaba el templo, sin embargo, hicimos una parada en un sitio por lo menos curioso: el Buddha Amideva Park.

No sé muy bien cómo definirlo, este lugar, ni entendí bien lo que Krishna me explicó sobre él. Aparentemente era nuevo, lo habían construido no hacía mucho, y se había concebido como lo que nosotros, simples mentes occidentales, entendemos por un parque urbano: una zona de ocio, un espacio verde para el respiro ciudadano. Lo curioso del caso, y una buena muestra de las diferencias culturales que singularizan a este pedacito de mundo respecto al nuestro, es que al parecer en Nepal un espacio público de ocio no se puede concebir sin su correspondiente cuota de estatuas del Buda y de otras deidades hinduistas.

Acto seguido fuimos hacia Swayambunath por su acceso oeste, que resulta un poco menos empinado que su acceso opuesto, tal vez más popular. Aun subiendo por este lado el camino comprende un buen tramo de escaleras, serpenteando hacia arriba pegadas a una ladera de árboles pelados y basura desperdigada; pasando entre puestos con vendedores que intentan colocar al visitante cualquier tipo de chorrada. Tal como había esperado, un acceso diferente proporcionó una experiencia diferente, y topamos con una especie de monumento dedicado a la paz mundial donde los nepaleses lanzaban monedas como posesos. Lo más curioso del asunto es que en Nepal no circulan las monedas; su valor es tan ínfimo que ya no se utilizan. Así que había en el lugar un grupo de mujeres traficando con monedas y sacando provecho de la situación: tú les dabas un billete de 5 rupias, pongamos por caso, y ellas te devolvían cuatro monedas asquerosas de una rupia. Yo hice el intercambio, pero no porque quisiera colaborar con el logro de la paz mundial mediante el lanzamiento de una moneda en un estanque putrefacto, sino porque tenía la intención de recolectar las monedas de todos los países por los cuales iría pasando durante mi viaje.

Después de dar otra vueltecita por la cima de Swayambunath, con su conjunto de templos y estupas fabuloso e infestado de turistas, nos fuimos a comer, y Krishna me llevó a un restaurante local bastante barato. Me pedí un momo, que es una especie de pastelito de pasta de trigo relleno con cosas varias, reversionado con nombres y formas diversas a lo largo de toda Asia. Un pequeño lujo que me permití, pues ya estaba harto de comer sólo arroz mezclado con verduras, que es lo que se come normalmente en Nepal.

Aquí había una foto de comida

Otra curiosidad “gastronómica” que me dejó estupefacto: por primera vez en mi vida, al pedir agua, me trajeron un vaso de agua hirviendo… que humeaba y todo. Más tarde aprendería que en muchos lugares de Asia ésta es una práctica habitual, y hasta me acabaría acostumbrando. Bueno… supongo que no debe ser tan malo, seguro que limpia los intestinos…

Al acabar de comer, de golpe, me sentí muy cansado. Katmandú es una ciudad que me agota, así que opté por volver directamente a casa de Krishna, sin más exploraciones ni experimentos de ningún tipo. Durante un rato le estuve enseñando mis fotos de Barcelona, pero al poco de haber regresado me cogió un buen dolor de cabeza, que no paró de aumentar en intensidad a lo largo de cerca de una hora y sólo se estabilizó después de tragarme una pastilla. Estoy bastante seguro que eso fue la consecuencia de vivir en la atmosfera insalubre de aquella ciudad durante tres días…

A esas alturas solamente eran las seis de la tarde, pero ya había caído la noche y el suministro eléctrico permanecía interrumpido, sin perspectivas de que fuera a retomarse de inmediato. Con tal de pasar el rato sólo me quedaba la oscuridad y la radio de Krishna de fondo, sintonizada en el dial internacional de la BBC, que luchaba por mantenerse a flote entre oleadas intermitentes de estática…

Con aquel panorama por delante, decidí que lo mejor era irme a dormir y olvidarme de todo hasta el día siguiente. Tenía que estar bien fresco para la montaña.

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Acerca de David Castejón

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  1. Jordi dice:

    Hola xaval, m’has fet passar bona estona al tren amb la lectura 🙂 quedo a L’espera de mes

  2. Ei Jordi, hi ha molt més per explicar, però sovint és difícil dedicar-hi temps estant en ruta. Intentaré ser més regular!

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