AMANECER FANTASMAGÓRICO EN LAS ANTÍPODAS

Hacía frío. Acababa de llegar a una tierra extraña, lejana… muy lejana; casi tan lejana como las estrellas que se alinean para conformar la Cruz del Sur, vigía eterna de aquel pedazo de mundo.

Poco a poco, las tinieblas se descorrían, a regañadientes.

Haciéndole caso a las coordenadas, ahora me doy cuenta, con toda lógica debería haber aterrizado en Mordor, pero la escena me transportaba, más bien, al Sleepy Hollow de Tim Burton o a los condados melancólicos que lloraron y se marchitaron bajo la imaginación de Edgar Allan Poe.

Ni un alma en la calle. Tan sólo árboles pelados y la hierba helada; un banco a la deriva en medio de una lengua de niebla que, en vez de retroceder, daba la impresión que avanzaba.

Era la hora de los fantasmas… la hora de mi perdición.

Suerte que, al fondo, empezaba a despuntar el rojo del sol… y me enseñaba una vez más que, incluso en la hora más oscura, siempre hay un resquicio de luz a punto para remolcarme de vuelta a buen puerto.

Christchurch, Región de Canterbury, Isla Sur; Nueva Zelanda – Octubre de 2014

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