EL GRAN SECRETO DEL NO-QUERER Y LA VERDAD SOBRE AQUELLOS QUE NO QUIEREN NADA

Aquí había una imagen de una chica pidiendo silencio

Shhhhht!

No se lo digáis a nadie, pero hay una cosa que debéis saber si habéis tenido el coraje de llegar hasta aquí. No os quiero engañar más: todo individuo que afirma no-querer, por muy hábil que sea en el dominio de la teoría y la práctica, por muy elevado que sea su conocimiento de la doctrina, en realidad que quiere alguna cosa. Efectivamente: SÍ, ÉL TAMBIÉN.

Quiere cosas y tiene objetivos, como todo el mundo. No es una criatura que provenga de otro planeta o dimensión; no es un dios ni un santo ni un superhéroe. Porque la persona que no-quiere nació con un deseo imborrable, como todo el mundo, y morirá queriendo satisfacerlo, como todo el mundo. Y es que el deseo es una cosa tan fuerte que no puede suprimirse del todo, solo se puede minimizar. Así, no importa nada en absoluto el hecho de que el practicante del no-querer crea gobernarse por el imperio de la mente y estar capacitado para controlar sus bajos instintos corporales y sus ambiciones. Él también quiere y desea; lo que pasa es que no lo sabe… o sí, y se dota de complicadas elaboraciones intelectuales para hacerse el interesante. En definitiva… que lo lleva mejor.

Aquí había un símbolo del Yin-YangEn el fondo todo es lo mismo: el querer incluye el no-querer, y el no-querer incluye el querer. Tal como sugiere la teoría del Yin y el Yang nada puede concebirse sin su contrario, porque las dos caras de una misma realidad son las que conforman el Uno, la unidad que les otorga sentido cuando se encuentran en un contexto aislado o actuan por separado.

Veámoslo en un ejemplo aplicado:

Si yo me levantara un día y dijera que quiero viajar, asumiría un número de estrategias y tácticas activas para conseguir mi objetivo, pero eso implicaría sin duda un cierto riesgo de fracaso, o de lo que es lo mismo, de no-viajar. Al fin y al cabo podría darse perfectamente el caso que acabase sin viaje (no-viajando), y la confirmación de este resultado me supondría una gran fuente de frustración. Como puede verse en este caso, pues, el hecho de querer viajar estaría mediatizado en todo momento por la amenaza del no-viajar, ¡que estaría siempre presente como una espada de Damocles encima de mi cabeza!

VIAJAR = ALEGRIA / NO-VIAJAR = FRUSTRACIÓN

De manera diferente, si yo me levantara y dijera que no quiero viajar, prescindiría de esas mismas estrategias y tácticas de antes, y asumiría otras que me mantuvieran alejado de la búsqueda activa del viaje. No obstante, es bien sabido que a veces (y de manera fortuita) se producen situaciones de éxito no buscado (por accidente, por casualidad…) Al final del día existiría, pues, la posibilidad mínima que acabara viajando sin quererlo realmente, y si eso se acabara produciendo se me romperían todos los planes. En realidad, aquí yo habría tomado la decisión voluntaria de no-viajar, pero está claro que la única manera de mantenerme firme en mi propósito sería precisamente ¡renunciando de manera consciente a viajar!

VIAJAR = FRUSTRACIÓN / NO-VIAJAR = ALEGRIA

En resumen: que no existen ni el viajar ni el no-viajar absolutos, totalmente independientes el uno del otro. Ni tampoco en un sentido más amplio, el querer o el no-querer absolutos. En las dos situaciones descritas (y en cualquier otra que se pueda dar cuando hablamos de deseo) hay un juego y una interacción de las dos fuerzas opuestas que forman el concepto, una especie de equilibrio, que nunca se rompe del todo a favor de una u otra. Por lo tanto, solo se quiere en la medida que no se no-quiere, y solo se no-quiere en la medida que no se quiere, y en consecuencia tanto el deseador perfecto que lo quiere todo como el maestro espiritual que nunca quiere nada son dos ideales imposibles. Queda claro, ¿no?

Pues eso, que aunque un día venga un hombre/mujer garantizando su dominio del no-querer y os hable del budismo, del taoísmo, del yin y el yang y de su puta madre… tenéis que saber que aquel que no-quiere en realidad también quiere, porque tiene un residuo de deseador material en su esencia, del cual no se puede librar completamente. La única diferencia es que el individuo que no-quiere ha pasado por un entrenamiento místico y un viaje espiritual interior, y ha depurado la capacidad de disimular mejor sus ganas y su deseo, así como sus ambiciones. De esta manera, y de forma inconsciente, el sujeto que no-quiere también busca cosas, pero lo hace a través de la estrategia sutil de su propia negación. Al fin y al cabo, su actitud no es indolente ni estúpida ni malintencionada, sino que responde a una razón práctica: vivir no-queriendo es mucho más soportable que vivir deseando cosas, aunque en ambos casos el objetivo real y de fondo sea el mismo. Y bien… pues que la suya es una opción muy sabia (sea dicho de paso), porque en el fondo del fondo el individuo que no-quiere siempre sabe que, aunque no mueva un dedo para conseguirlo, en algún momento acabará obteniendo aquello que anhela, gracias al as en la manga que representa la ley infalible del éxito no buscado:

Haz lo que debes hacer sin esperar nada, y al final lo que tiene que llegar, llegará.

Pues aquí lo tenéis, ya sabéis toda la verdad. Pero ahora que no se os ocurra pensar mal, ¿eh? …que de estos trucos y requiebros de la teoría solo se aprovechan los seguidores de la doctrina del no-querer aficionados o imperfectos.

Yo nunca lo haría, que yo soy un hombre que de verdad no quiere nada… excepto…

…mi salud.

…mi prosperidad.

…mi felicidad.

…y lo mejor para todas las personas y seres que amo.

😉

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